Por Daniel Medina
En La gran concentración, Pablo Natale construye una novela sobre la memoria, la familia y, especialmente, sobre el impulso casi irrefrenable de contar historias.
El punto de partida es sencillo: un hombre se desmaya en la calle. Hay un taxista, profesor de Historia y tres cuadernos que pertenecieron al protagonista cuando era niño. En ellos está escrita una parte de su vida. O, al menos, versiones de ella.
A partir de ese hallazgo, Natale arma una novela que avanza y retrocede en el tiempo con una lógica propia. Los tres cuadernos funcionan como compartimentos de una memoria que nunca termina de ser confiable. El mismo protagonista confunde o no puede distinguir entre recordar algo, inventarlo y escribirlo.
Pablo Natale y la elegancia de darle un sistema al caosUno de los grandes aciertos del libro publicado por Editorial Nudista está en la mirada infantil que atraviesa el libro: es el mecanismo que permite deformar la realidad sin destruirla. El niño interpreta el mundo con una mezcla de ingenuidad, imaginación y lógica propia.
Natale también encuentra un tono particularmente eficaz para contar esa infancia. Hay humor, absurdo y ternura, pero nunca aparecen como elementos decorativos. El humor permite que situaciones familiares difíciles respiren y, al mismo tiempo, evita que la novela se vuelva solemne. La imaginación del protagonista convierte incluso los accidentes, las discusiones domésticas y los secretos familiares en episodios de una aventura mayor.
El resultado es una novela adictiva sobre personas que intentan ordenar sus vidas mientras producen, inevitablemente, nuevas versiones de ellas. Una concentración, justamente: de cuadernos, recuerdos, familias, escritores, niños, adultos, muertos, futuros posibles. Pero también una concentración de relatos. Porque acaso una vida no sea otra cosa que eso: aquello que recordamos, aquello que olvidamos y aquello que alguien —a veces nosotros mismos— decide poner por escrito.